#Colombia. El plebiscito por la paz

Por Carlos Brando, Universidad de Los Andes

¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera? A esta pregunta podrán responder casi 35 millones de colombianos habilitados para votar el próximo domingo 2 de octubre. Tras el cierre de las negociaciones y la firma del acuerdo entre el gobierno de Juan Manuel Santos y el líder de la guerrilla de las FARC, será la voluntad del pueblo expresada en las urnas la que decida si el proceso avanza hacia su etapa de implementación y verificación (o no). La refrendación por la vía popular es una estrategia arriesgada del presidente que la juzga necesaria para imprimirle mayor legitimidad política.

Ahora, ¿es de verdad probable que Colombia pierda la paz en las urnas?

Transitar el camino plebiscitario implica sortear dos altos. Primero, la participación debe superar el umbral del 13% del censo electoral impuesto por la Corte Constitucional, es decir, 4,380,000 votos. Segundo, obviamente debe ganar el Sí. Por escasez de antecedentes pronosticar la participación ciudadana en este tipo de ejercicios es más difícil que hacerlo en elecciones presidenciales, legislativas o regionales. Por ejemplo, en las tres elecciones regionales  celebradas en 2007, 2011 y 2015 la participación fue de 56,9%, 57,1%, y 59,4%, respectivamente. Una variación baja. La trayectoria para los comicios legislativos también exhibe una variación modesta. Desde 43,6% en las de 2014 hasta 45,7% en 2006, pasando por 44,2% en 2010.

En el último plebiscito en el que votaron los colombianos en 1957 la participación fue abrumadora: 82%. La participación ciudadana más alta en la historia electoral del país. Lo hicieron en un contexto irreplicable, sin embargo, pues se decidía por otorgar el derecho al voto a la mujer (ésta a su vez podía votar), y además se le ponía punto final al gobierno militar optando por el regreso a una  democracia pactada.

Más recientemente, en 2003, durante el primer periodo del presidente Álvaro Uribe, los colombianos votaron un referendo con 16 preguntas que requerían un umbral del 25% cada una para su aprobación. Solamente una lo superó (25,1%).

La votación del domingo es diferente en cuanto no hay candidatos a elegir. Pocos de los más de 115,000 candidatos que se presentaron a los últimos comicios regionales movilizarán efectivamente a sus electores. Faltarán muchos de los incentivos y del ambiente que eleva la participación en las regiones: transporte gratis, almuerzo, banda musical. Otro ausente importante será la “mermelada”; el colombianismo con el que se conoce la movilización del voto clientelar.

El voto será libre. Se decidirá participar, y votar Sí o No, sin aparente compensación tangible, o inmediata.

El promedio de cuatro encuestas realizadas por Datexco en Septiembre arroja un 59,2% de participación. La encuesta de Ipsos (26 de septiembre) sugiere que definitivamente votará el 40%, y probablemente lo hará un 16% más. El sondeo de Gallup (20 septiembre) indica que el 32% definitivamente votará, y que probablemente lo hará otro 17,5%. Otra más hecha por Connecta (8 agosto) reporta el 52% de participación.

Aunque sorprenda al resto de terrícolas la victoria del Sí no será arrasadora. Si bien las encuestas dan al Sí por vencedor el margen se ha estrechado. Mientras la firma Gallup registraba los votantes por el No en julio en el 10%, para septiembre los ubica en el 32,4%. El sondeo más reciente de Datexco (26 septiembre) arroja 55% por el Sí y 36,6% por el No. Finalmente, para Ipsos, desde la primera semana de septiembre a la última, el Sí bajo del 72% al 66%, y el No subió del 28% al 34%.

En resumen, el umbral del 13% en la participación ciudadana para la aprobación del plebiscito será ampliamente superado. El Sí a la paz vencerá al No, aunque no con la holgura que se preveía hace pocos meses.

#Chile. La contraofensiva de los gradualistas

Publicado en El Mostrador

En la última semana Andrés Zaldívar, Edmundo Pérez Yoma, Belisario Velasco y Jorge Burgos han usado los medios para criticar a la Presidenta y al Gobierno. No es casualidad que todos ellos sean ex ministros del Interior y militantes de la Democracia Cristiana. Por una parte, son todos los que pueden hablar, pues Rodrigo Peñailillo está desaparecido en acción y Mario Fernández está en ejercicio. Pero, además, todos ellos representan al partido que se ha mostrado más incómodo en el Gobierno.

Ahora bien, la pregunta es por qué hablan ahora y cuál es el objetivo de hacerlo. A mi modo de ver, la estrategia de los ex jefes de gabinete parece ser clara y divisible en dos partes: una que busca revitalizar el espacio gradualista en la centroizquierda, y otra que busca maximizar la probabilidad de llevar un candidato propio como abanderado único en la próxima elección presidencial. La primera tiene que ver con revivir a la Concertación, y la segunda con tener que izar un referente de ella como candidato.

Todo comenzó en la primera parte del Gobierno de Bachelet, cuando los sectores más conservadores de la Nueva Mayoría, particularmente la DC, se comenzaron a preocupar con la velocidad con que las reformas comenzaron a ser aprobadas; notoriamente la tributaria, la educacional y la electoral. Si bien en un inicio ellos mismos habían apoyado las reformas, a poco andar se dieron cuenta de que eran demasiado drásticas para su gusto. Como respuesta activaron un plan de ataque con el objetivo de revivir la gradualidad que exitosamente encarnó la Concertación por dos décadas.

Al poco andar, sin embargo, el Gobierno se encontró con otro problema. Tras solo un año en el cargo, el líder político de los gradualistas renunció. La salida de Burgos anunció una nueva tormenta. Pero esta vez los problemas no vendrían por razones ideológicas o económicas, sino por razones políticas. La salida de Burgos se explica por su falta de voluntad para coordinar una coalición de Gobierno que reúne a dos partidos extremos y centrífugos bajo el mismo techo. Burgos usó la renuncia para hacer un punto político.El ataque dio resultados. Bachelet removió a tres de sus cuatro mosqueteros progresistas y los reemplazó con conocidos gradualistas. Entre ellos destacó la entrada de Burgos y Valdés y la salida de Peñailillo y Arenas. Bajo el lema “realismo sin renuncia”, Bachelet les mandó una señal al sistema político y los mercados financieros. Les dijo que el Gobierno aflojaría el tranco. El cambio de gabinete recibió el visto bueno de varios políticos de primera línea y el beneplácito del empresariado. La victoria de los gradualistas le sirvió al Gobierno para estabilizarse.

Esta última contraofensiva de los gradualistas tuvo como objeto subrayar que el Gobierno es demasiado progresista para el país y que hay otras alternativas mejores. Las recientes entrevistas de Lagos y Burgos a dos medios distintos de circulación nacional son cualquier cosa menos improvisadas. Se dan tras una serie de reuniones entre ambos y apuntan a solo una cosa: reconquistar el espacio de centroizquierda gradualista que, a su modo de ver, le dio tantos frutos al país. La idea de ellos es capitalizar sobre el mal desempeño de Bachelet. Mientras peor le vaya a la Presidenta, mejor les va ir a ellos.

Mientras Bachelet siga tropezando con pequeñas decisiones políticas y no logré reactivar la economía, los únicos beneficiados serán los gradualistas. El contraste será nítido. Buscarán hacer contrapuntos en temas tan mundanos como profesionalismo político y estabilidad económica. Su cálculo es que, con los progresistas en el suelo, ellos serán la única alternativa viable para reencarrilar al país. Obviamente vendrá con el gancho de que uno de ellos será el que tendrá que estar a la cabeza de la tarea. Hasta ahora es Lagos. Pero en caso de emergencia hay una larga lista de disponibles, comenzando por el propio Burgos.

Nada garantiza el éxito de los gradualistas. Hasta ahora corren con ventaja porque su máximo exponente figura arriba en las encuestas y es quien mejor se compara con el principal referente de la oposición. Pero queda tiempo todavía. Los gradualistas aún tienen que probarse en un par de áreas. Por ejemplo, tienen que mostrar que pueden integrar tanto las reformas que están en curso, como la reforma constitucional, como incorporar las nuevas demandas sociales, como la reforma previsional.

El contrataque gradualista solo tendrá éxito si Bachelet no logra repuntar. No es posible garantizar el éxito del Gobierno y de los gradualistas a la vez. Por eso, los gradualistas deben estar dispuestos a quemar parte de la nave para salvarla. Algo que le podrá parecer contraintuitivo a algunos, pero lejos de ser una novedad en política. Los gradualistas deberán proceder con suficiente cautela para no alienar a los progresistas, que finalmente serán los encargados de decidir la elección si la coalición de centroizquierda llega dividida.

#Chile. La salida de Javiera Blanco

Publicado en La Tercera

La Ministra Javiera Blanco está en problemas. Ayer enfrentó una interpelación por su responsabilidad en las irregularidades de Gendarmería y su rol en la crisis del Sename. Aunque es posible que la Ministra no sea directamente responsable de lo que se le imputa, tampoco ha hecho lo suficiente como para revertir la opinión de quienes la acusan. En Gendarmería solo ha agravado el conflicto con sus interlocutores, y en el Sename no ha sido capaz de ofrecer una salida coherente y consistente.

Fue una interpelación necesaria. Hubo preguntas y respuestas que urgían. Incluso pareció ser una interpelación más merecida que cualquiera de las cuatro anteriores. Sobre todo porque se trató un tema particularmente delicado; niños fallecidos bajo la custodia del Estado. En un futuro sería útil evaluar el evento en un marco técnico, institucional y multipartidario con óptica de largo plazo. Pero por ahora me parece necesario explorar si la permanencia de Blanco en el gabinete tiene algún efecto sobre el gobierno.

Mi intuición es que sí, la permanencia de Blanco daña al gobierno. Irrelevante de la responsabilidad de la Ministra en lo que se le imputa, la decisión de mantenerla en el gabinete es un problema para la administración de Bachelet. Las últimas semanas han estado notoriamente marcadas por cuestionamientos a la Ministra. Lo anterior le ha impedido al gobierno poner otros temas sobre la mesa y manejar la agenda política del país. Por lo pronto, se ha hablado más sobre Blanco que sobre los niños.

Las encuestas muestran una evidente erosión en la popularidad de la Presidenta y el gabinete. Sólo esta semana la encuesta Cadem mostró a ambos caer a su mínimo histórico. No hay evidencia de causalidad, pero intuyo que existe. Los errores políticos de la Presidenta en las últimas semanas la han perjudicado tanto a ella como a su gabinete. Esta idea se robustece si sumamos a la ecuación el hecho de que la encuesta Adimark ha sido consistente en mostrar a la Ministra Blanco como la menos popular del gabinete.

Varios académicos y expertos de la plaza ya han avanzado esta línea de cuestionamientos. En contraste, pocos han ofrecido contra argumentos de peso. Los que sí lo han hecho se han enfocado más en criticar el sistema que en identificar la responsabilidad política de Bachelet y sus potenciales consecuencias. Pero esta posición es cada vez más minoritaria. Ni los políticos de la propia Nueva Mayoría se suben a esa micro. De hecho, los presidentes de los partidos de la coalición de gobierno incluso se han manifestado a favor de un cambio de gabinete.

La salida de Blanco es un paso lógico, racional. Aunque algunos argumentan que un enroque a otra cartera sería la solución óptima, me parece que repetir una estrategia anterior que evidentemente fracasó es una mala idea. Cuando Bachelet movió a Blanco de Trabajo a Justicia le salvó el pellejo. Hacer lo mismo otra vez es un error. A estas alturas, Blanco debe salir porque daña a la Presidenta y el gabinete. Quizás si Bachelet hubiese actuado antes la Ministra se estaría reivindicando en otra cartera. Pero ya es tarde, la única alternativa es la remoción.

Después de la interpelación el gobierno queda relativamente debilitado. Nunca es positivo ser cuestionado cuando se está en el poder. Pero podría ser peor. Con una acusación constitucional a la vuelta de la esquina, la Presidenta debe actuar. Si alguna vez hubo un gallito, ya se perdió. La pauta está escrita, y dice que Blanco debe salir. Mantenerla solo ahondará los cuestionamientos. Si la Ministra permanece en el gabinete, tanto la Presidenta como los demás ministros serán objetos de críticas continuas—la mayoría de ellas lógicas y racionales.

Este es un momento de quiebre natural. Hay que aprovecharlo para hacer cambios. Bachelet puede usar la excusa del ajuste técnico, para compensar desequilibrios pendientes. O puede argumentar que el cambio de gabinete ocurre para facilitar la decisión de los ministros que tienen ambiciones electorales. Todo esto es entendible. Incluso deseable. La única aprensión es que debió ocurrir antes. Hacerlo después de una interpelación y ad portas de una acusación constitucional solo ilustra lo confundido que están los estrategas de La Moneda.

Amistad no debe ser una determinante a la hora de hacer cambios de gabinete. Bachelet perfectamente puede mantener a Blanco, pero arriesga aumentar el escrúpulo popular. La Presidenta puede mover a la Ministra a otra cartera, pero eso no va solucionar el problema político de fondo. A veces es mejor dejarse llevar que resistir. Particularmente cuando es evidente que hay un conflicto real. Humildad y vínculo con el medio son dos características que hoy día brillan por su ausencia.

#Chile. El dilema del ministro sin alternativa

Publicado en La Segunda

La reforma previsional está madrugando. Es el tema del momento. Sin embargo, quedan muchas dudas sobre el curso que tomará. No hay ni un liderazgo claro ni una propuesta concreta para reemplazar el actual sistema de AFP.

Aunque Luis Mesina se ha asomado como el principal agente tras la demanda popular, el foco de atención más importante está puesto en la clase política. La pregunta es quién va tomar el tema. Entre las variadas alternativas que ofrece la fauna nacional, destaca el esfuerzo de la bancada legislativa de la DC.

Pero además de la DC, pocos se han acercado. Razones sobran. Primero, porque la clase política están cuestionada. Hoy, mostrarse como defensor del pueblo es ser hipócrita. Otra razón es que buena parte de los políticos están de acuerdo con las AFP. No sufren las mismas consecuencias que los chilenos de a pie.

Uno que debe tomar la batuta es el Ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés. Como titular del gobierno de turno y jefe de las arcas fiscales, no lo puede ignorar. No será fácil. Hasta ahora, la única solución a los problemas inducidos por las AFP parecen ser una inyección de platas púbicas.

Sin embargo, Valdés ha repetido hasta el cansancio que no es posible. Ya desestimó la idea de hacer una segunda reforma tributaria para resolver los problemas de la reforma educacional. Y ya dejó entrever que es imposible conseguir recursos adicionales para pasar a un sistema mixto o de reparto en el corto plazo.

El desafío de Valdés es tomar el tema y proponer soluciones. Debe al menos insistir en instalar una mesa de dialogo. Debe mostrar que el gobierno escucha a la gente, y que a pesar de las complejidades, siempre existen soluciones. Con una presidenta abatida y un gobierno alicaído, cerrarle la puerta en la cara a la gente no es una alternativa.

#Chile. La ruta de la reforma previsional

Publicado en El Dínamo

rprevisional

Hace pocos días casi un millón de personas se movilizaron en cuarenta ciudades para pedir una reforma al sistema previsional. Bajo el lema No Mas AFPs, la marcha unió a personas mayoritariamente de clase media y baja de todos los colores políticos para terminar con un sistema de pensiones catalogado como injusto e ilegitimo.

La marcha despierta memorias de la movilización estudiantil de 2011. En ese segundo año del gobierno de Piñera los estudiantes se unieron para pedir un cambio al sistema educacional. Después de un par de meses de marchas de alcance nacional la demanda se transformó en una propuesta clara y concisa de política pública.

Hoy las marchas por una reforma previsional se encuentran en un estado incipiente, pero es probable que avancen hacia una propuesta política pública, tal como lo hicieron las demandas de las movilizaciones por la educación. Pero para ello se deben dar al menos dos condiciones. Primero, un líder que lleve la bandera, y segundo, una demanda clara y concisa.

En las movilizaciones por la reforma educacional fueron los líderes de las federaciones universitarias quienes portaron las banderas. En 2011, Giorgio Jackson y Camila Vallejo se transformaron en las voces del movimiento, unificando y matizando las distintas posiciones. Fueron ellos quienes pasaron pasaron en limpio las ideas que dieron vida a las demandas.

Mientras las marchas por una reforma previsional no logren traspasar sus ideas en un liderazgo único capaz de canalizar y comunicar una demanda única, no habrá avances. No es suficiente pedir un cambio. Debe haber una articulación política del grupo de presión y debe existir una propuesta alternativa clara, lista para ser tomada por algún grupo político existente.

Las demandas articuladas en las marchas de 2011 tuvieron éxito porque fueron lo suficientemente precisos para que un candidato presidencial los pudiera recoger. En ese caso, Bachelet prácticamente se adueño de la causa, tomando de forma casi integra las demandas de la calle. Su programa de gobierno prácticamente plagió las demandas de los estudiantes.

Mientras no exista una alternativa única, de consenso para una reforma previsional, ningún candidato presidencial se va arriesgar. La tarea del líder de la demanda previsional debe tomar un lado. No es suficiente pedir un cambio. No es suficiente abrir el debate. Debe optar entre pedir una reforma hacia un sistema mixto o uno de reparto y comprometerse.

Si el líder de No Mas AFPs quiere tener éxito en su lucha debe ir más allá de la protesta. Debe presentar evidencia que hay un sistema mejor que el actual, y conseguir el apoyo de la calle. Solo entonces un candidato presidencial podrá sentir que hay peso tras la causa, y tomarlo como bandera propia para la próxima elección presidencial.

Si el líder de la marcha no logra encausar el debate hacia una demanda específica, pasará lo que ha pasado en todas las elecciones anteriores: será solo un tema más. En las últimas tres elecciones, la reforma previsional ha sido parte del debate, pero nunca de forma central. Nadie se ha dado el trabajo de proponer una alternativa de consenso.

#Chile. Vientos de cambio en la UDI

Publicado en El Mostrador

UDI

La sorpresiva bajada de Francisco de la Maza a favor de Joaquín Lavín en Las Condes asombró a todos. Desde integrantes de la directiva del partido hasta los votantes de la comuna. Fue una movida ejecutada a último minuto, que para muchos representó una jugada estratégica para matar a dos pájaros de un tiro. Primero, usar a de la Maza para ocupar el cupo presidencial del partido con miras a la elección de 2017, que hasta ahora estaba vacante. Y segundo, ocupar a Lavín para mantener al viejo valuarte vigente, además de asegurar el dominio de la comuna.

Mi intuición, en contraste, es que la operación fue bastante más sucia e improvisada de lo que parece. Dudo que fue una movida manejada a nivel de partido. De hecho, me parece que si se hubiese conferido para tomar una decisión al respecto lo más probable es que se hubiese rechazado la idea. Ni la mesa del partido, ni los socios de la coalición la hubiesen avalado. Primero, porque de la Maza no tiene el apoyo explícito de ninguna facción de la UDI, y segundo porque ante su salida RN hubiese pedido el cupo.

Sin perjuicio de lo anterior, la movida tiene una serie de efectos, que sin duda son importantes explorar, como por ejemplo lo que la entrada de un nuevo candidato presidencial significa para la carrera electoral en la derecha, o lo que implica reciclar a un símbolo del partido entre gallos y medianoche. Ya habrá tiempo y espacio para tratar esos temas. Por ahora, parece mucho más importante analizar lo que representa este cambio para el partido. Una tesis es que está ocurriendo una reestructuración mayor, que definirá los tiempos que vienen.

La histórica división del partido entre la UDI empresarial (liderada por Jovino Novoa) y la UDI popular (liderada por Pablo Longuiera) está en su ocaso. El control político ejercido por los apóstoles de Jaime Guzmán (Andrés Chadwick y Juan Antonio Coloma, además de los dos anteriores), está a la deriva. Mientras que Novoa y Longuera desfilan por tribunales, Chadwick está alejado del partido e involucrado en la campaña presidencial de Sebastián Piñera, y Coloma sigue como el único con cargo político relevante pero con menos influencia que nunca antes.

Otros representantes de la UDI empresarial se encuentran igual de cuestionados que su líder (como Carlos Bombal, Jaime Orpis, y Ernesto Silva), o alejados de las cúpulas de poder (como Cristián Larroulet, Evelyn Matthei, y Manfredo Mayol). Asimismo, otros representantes de la UDI popular siguen en el poder pero cuestionados por su rol en financiamiento irregular (como Iván Moreira) o aislados y sin influencia real sobre la dirección del partido (como Víctor Perez, y Jacqueline van Rysselberghe).

Una tercera facción en la UDI, más o menos similar al tercerismo del PS, dedicada a representar los valores históricos del partido y a resolver conflictos entre las dos otras facciones, hubiese sido una buena opción para capitalizar el poder si no fuera por que su líder histórico José Antonio Kast renunciará al partido hace solo dos meses. La disputa de poder entre los coroneles y Kast simplemente no dio más, obligando a Kast a dar un paso al costado, luego de correctamente diagnosticar que la única manera de ganar influencia sería por fuera del partido.

Aquí es importante clarificar que las luchas internas son suficientemente recientes para no tener un efecto significativo sobre los resultados electorales de la próxima elección municipal. Aunque el partido se encuentre en un armageddon interno, puede seguir ganando elecciones. Pues, sigue siendo el partido más grande del país, con una maquinaria electoral aceitada y pronta para conseguir votos. El efecto de la lucha interna, más bien, es una que va terminar por definir quién va ocupar los espacios de poder en los próximos años.

Está situación ha sido anticipada por dos personas claves. Por una parte, de la Maza, quien precisamente surge como candidato presidencial por el vacío de poder causado por la caída de las tres facciones históricas. La apuesta de de la Maza es justamente conformar un nuevo movimiento dentro del partido. Una opción es hacerse cargo de los militantes terceristas abandonados por Kast. Como un lobo solitario, sin claras vinculaciones a otros rostros del partido, es un candidato perfecto para liderar a los más apolíticos del partido.

Otra persona clave que se alza en esta rencilla interna es Jaime Bellolio. Criado bajo el alero de Kast, tradicionalmente ha sido identificado como parte del tercerismo. Sin embargo, desde su elección como diputado (en el cupo distrital de Kast) ha brillado con sus propias luces como figura de recambio. No solo suena fuerte como el próximo timonel del partido, pero además tiene una serie de figuras internas que lo potencian. Entre ellos destacan los diputados María Jose Hoffman, Javier Macaya, Arturo Squella, y Felipe Ward entre otros.

El futuro de la UDI se debate entre de la Maza y Bellolio. El segundo corre con ventaja por la masa critica que tiene a sus espaldas. Pero el primero es candidato presidencial, y una figura que no concita mayor rechazo. Si Bellolio apoya la candidatura de de la Maza estará haciendo lo mejor para su partido, pero estará postergando su propia opción. Si Bellolio no apoya a de la Maza, estará estresando a su partido en el corto plazo, pero asegurando su entrada a los círculos de mando en un futuro cercano. Soplan vientos de cambio en la UDI.

#Chile. Trigo y cizaña en la derecha

Publicado en La Tercera

Los partidos de Chile Vamos parecen estar más preocupados por la nominación del candidato presidencial que de las elecciones municipales. Una serie de movidas en corta sucesión es evidencia de aquello. A la evidente candidatura de Sebastián Piñera, se sumaron la del ex UDI José Antonio Kast, y la del ex RN Manuel José Ossandón. A ellos se suman las probables candidaturas de los RN Andrés Allamand, Francisco Chahuán, y Alberto Espina, quienes han estado menos activos, pero no por eso menos disponibles. A su vez, el timonel de Evópoli, Felipe Kast, pide cancha.

Para algunos es positivo tener a tantas personas disponibles para la tarea. Lo interpretan como una señal de diversidad en la derecha, que simboliza el amplio espectro de potenciales votantes que pueden llegar a ser escuchados y representados. También lo interpretan como un símbolo de competencia en la coalición, que sugiere que al final del proceso el mejor de la serie de candidatos será el único elegido. Sin embargo, ambos anhelos no son más que ficción. La verdad es que no hay ni tanta diversidad ni tanta competencia en la derecha ni entre los candidatos.

Piñera, Allamand, y Espina son de la misma línea dentro de RN. Fundaron la Patrulla Juvenil en los noventa, e inauguraron la línea liberal en el partido. Su esfuerzo, sin embargo, ha sido largamente cuestionado, pues en los hechos operan dentro de un marco tan conservador como el de la UDI. Esto ha quedado en especial relieve tras la irrupción de Amplitud. La nueva geografía del sistema de partidos desplazó a RN a la derecha. Este hecho político traslada a la otrora patrulla juvenil a un lugar que tradicionalmente ocupó Ossandón en RN, y mucho más cerca al que representaba Kast en la UDI.

Un observador desinformado podría pensar que todos están en carrera porque todos tienen posibilidades. Eso no es así. No todos tienen las mismas prospectivas de convertirse en el candidato definitivo. La verdad, es que Piñera domina en las encuestas. Está a un distancia sana de Ossandón, que asoma como el segundo en el concurso de popularidad.La diferencia entre ambos es menor a la distancia entre ellos dos y los otros cuatro. Allamand, Chahuán, Espina, y los dos Kast rara vez destacan con índices de apoyo que les podrían servir como crédito para una cuenta presidenciable.

En esta línea tener a siete candidatos parece ser un exceso, visto en la luz de una contienda en que todos ofrecen un producto similar, pero que sólo uno o dos corren con posibilidades reales. Una serie de efectos negativos surgen en este complejo escenario. Entre ellos, una es especialmente peligrosa, pues es la que define la prospectiva de volver al poder. Esta es la salida forzada de candidatos ante el bloqueo de las elites. La consecuencia es el fraccionamiento y desintegración de la coalición antes de la primera vuelta, facilitándole la elección al rival más fuerte.

La renuncia de Ossandón y Kast alimentan este escenario. Aunque si se les ofrece primarias probablemente participarían, hay probabilidades reales de que vayan directo a primera vuelta de cualquier modo. El recuerdo del papelón de 2005 es demasiado reciente como para olvidarlo. En esa ocasión Piñera y el UDI Joaquín Lavín decidieron ir juntos a primera vuelta. Fue la peor de todas las ideas. Aunque sumaron más votos que Bachelet en la primera vuelta, no lograron fidelidad el voto de cara a la segunda vuelta. La división entre ambos en la campaña les costó la elección.

Las elites de Chile Vamos deben evitar este escenario a toda costa. Aunque Piñera es el candidato favorito, si se le protege con exceso, la coalición pueden terminar en una situación aun peor de la que se encuentra hoy. Si el presidente de RN, Cristián Monckeberg, busca blindar a Piñera porque es quien figura más alto en las encuestas, va terminar por desgranar su base de votantes. En cambio, si consigue comprometer a todos los candidatos a someterse a primarias vinculantes, asegura por lo bajo una campaña potente y unitaria. Un candidato de consenso es sin duda la mejor alternativa.

Si lo anterior no queda claro, hay que pensarlo desde la perspectiva del rival directo, la Nueva Mayoría. Al sucesor de Bachelet le conviene enfrentar una derecha dividida. Si no hay primarias, o hay primarias parciales, habrán dos candidatos de la derecha en la primera vuelta más preocupados de pasar a segunda vuelta que de ganar la elección. En esta eventualidad se enfrascarán en una campaña negativa — en el contexto del voto voluntario — llamando a no votar por el otro. Si bien podrán conseguir ganancias marginales, en la suma sólo le estarán pavimentado el camino al rival, como en 2005.

Chile Vamos debe tomar determinaciones. La reciente renuncia de Ossandón es una señal de que falta disciplina partidaria y una visión cooperativa en la coalición. Los presidentes de los partidos tienen la obligación de fijar primarias para todos los candidatos sin ninguna excepción. Es una tarea compleja, pues Piñera busca asegurar su nominación sin tener que enfrentar al resto, y Ossandón amenaza ir a primera vuelta si es que no hay primarias. Pero es una tarea necesaria, pues de lo contrario la derecha podría hipotecar su alternativa de volver al poder.

Si Chile Vamos está más preocupado de la carrera presidencial que de las municipales, debe al menos mostrar avances. Lo primero que debe hacer es prevenir una potencial debacle electoral. Debe establecer primarias obligatorias para todos los candidatos con un mínimo nivel de apoyo en las encuestas. El peor resultado posible no es que no vaya Piñera, es que vaya Piñera y Ossandón (y posiblemente Kast) al mismo tiempo. La tarea urgente es separar el trigo de la cizaña. Luego, divisar el método por el cuál lograrán llevar una candidatura única, amplia, y vigorosa a la primera vuelta.

#Chile. Lagos 2018

Publicado en El Mostrador

Ricardo Lagos Escobar es candidato presidencial. Después de varios años en la sombra, finalmente se suma a la primera línea. La semana pasada acusó recibo de la presión ciudadana y partidaria, y se declaró dispuesto a competir. No es sorpresa, pues las encuestas sugieren que es el candidato favorito de los votantes de centroizquierda, y las elites de su sector han dejado entrever que es quien concita mayor consenso en los partidos de la coalición. Sin embargo, el camino a la nominación no es tan fácil ni simple como parece. Lagos deberá asegurar apoyos claves y esperar a que se configure favorablemente el tablero antes de sumarse a la carrera presidencial.

Parte del trabajo es concitar el mayor apoyo posible en su coalición. Esta tarea es relativamente sencilla en el PPD y el PS, los dos partidos en los cuales milita. En el PPD, ningún otro candidato tiene permiso para despegar mientras Lagos esté en la pista. En el PS, estarían dispuestos a apoyar a Lagos si no prenden las candidaturas de Isabel Allende y José Miguel Insulza. El trabajo es más complejo en el PC y la DC, los partidos más extremos de la coalición. A los comunistas les gustaría levantar su primera candidatura [con posibilidades reales] desde la vuelta de la democracia, y a los democratacristianos les importa levantar su bandera para frenar la amenaza progresista de la izquierda.

Trabajar al PC y a la DC no será sencillo, pero será necesario. Lagos le deberá ofrecer al Partido Comunista implementar una agenda de continuidad con el gobierno actual, especialmente en cuanto a la reforma constitucional, que es una demanda clave para la izquierda. Además, deberá ofrecerle al PC posiciones clave en su gobierno, aumentando su presencia en el gabinete en al menos una cartera. Con la falange, Lagos deberá resucitar el fantasma concertacionista y prometer una agenda de gradualidad liderada por ellos mismos. Deberá, sobre todo, convencer a la facción de Walker de que él es la única alternativa viable si el objetivo es mantener la unidad en la coalición.

Esto es lo que deberá pasar para que Lagos siga adelante. Necesita el apoyo de los cuatro partidos. En términos políticos, su único escollo real lo representa Alejandro Guillier, quien ya ofició su intención de llegar a primarias, pase lo que pase. Lagos deberá estar dispuesto a ir esa riña. En los tiempos que corren, eludir primarias es una señal retrógrada y antidemocrática, digna de candidatos y partidos añejos y autoritarios. Además, a Lagos le conviene liderar un ciclo de debates donde pueda instalar su agenda. Es una buena forma de conseguir el apoyo de todo su sector. En cualquier caso, lo más probable, a esta altura, es que Lagos finalmente se imponga a Guillier.

El ex Presidente no va poner su legado en juego si existe una posibilidad real de perder, como lo hizo Frei en 2009. Si percibe que la posibilidad de perder es alta, va titubear. Lagos solo será candidato si ve los laureles al final del túnel. Mientras Lagos se mantenga en la primera posición, se vuelve cada vez más probable que sea el candidato definitivo de la coalición de centroizquierda.Todo lo anterior es condicional a su apoyo en las encuestas. Lagos solo será candidato si se mantiene en la primera posición de los índices de popularidad. Si su apoyo comienza a declinar, también caerá su probabilidad de perseguir la nominación.

Parte del trabajo de mantenerse arriba en las encuestas es enterrar los fantasmas del pasado. En el ciclo electoral de 2009, Lagos se bajó de la carrera por las críticas a su rol en el diseño del Transantiago. El ex Presidente correctamente anticipó que, si aceptaba el desafío, la elección sería un referendo sobre su gobierno anterior. Esta vez deberá tener una respuesta preparada para quienes lo interpelarán por los errores y las omisiones de su sexenio. Otra parte del trabajo tiene que ver con su aproximación a los nuevos movimientos políticos. Lagos deberá posicionarse en un punto en donde le pueda a hablar a los que hoy están entre Giorgio Jackson y Andrés Velasco.

Con el apoyo de los partidos, el omen de las encuestas, y una buena llegada con los nuevos votantes de la centroizquierda, Lagos recién estará en condiciones de seguir adelante. No será fácil ni simple, sobre todo considerando lo que viene. Atar los cables sueltos del actual gobierno será una tarea de proporciones bíblicas. Tendrá que estar dispuesto a navegar en esas aguas. Además, Lagos tendrá que pensar en su posible rival desde la derecha. Si el rival termina siendo Sebastián Piñera, será una elección tan competitiva como la de 1999. Pero si la derecha llega igual de dividida a la elección como lo está hoy, Lagos tendrá todas las posibilidades de ganar.

#Chile. Pudo ser mejor (primarias de alcaldes)

Publicado en T13

Consistente con lo que se anticipaba, muy pocos llegaron a votar a las elecciones primarias. Hay varias razones que lo explican. Primero, el bajo perfil de la elección. Son pocos a los que realmente les interesa participar en un proceso eleccionario que no tiene efectos inmediatos. Segundo, menos de un tercio de las comunas tuvieron primarias. El carácter limitado y parcial de la elección es un depurador natural del padrón electoral. Tercero, en las comunas que sí hubo primarias, hubo poco en juego. Solo un puñado de políticos de primera línea optó por participar.

Aunque se esperaba que poca gente votara, sigue siendo un balde de agua fría saber que solo 5,6% de los habilitados para votar hizo uso de su derecho. Una máxima de la democracia es que mientras más gente vota, mejor. A medida que más personas participan en elecciones, aumenta la representatividad y con ella, presumiblemente, la calidad de la democracia. A su vez, elecciones con baja participación simbolizan problemas. Que menos de 1 de cada 10 personas habilitadas para votar haya acudido a las urnas es evidencia de esto último.

El gobierno pudo haber hecho más. Es sabido que cuando hay poca información, poca gente vota. La poca propaganda que hizo el gobierno para publicitar las elecciones primarias influyó en la baja participación. Como principal promotor de la democracia el gobierno debió haber jugado un rol más preponderante en informar a la gente. Dado que se anticipaba una baja participación antes de la elección, el gobierno pudo haber promovido las elecciones por television, radio y otros medios de comunicación para asegurar un mayor número de votantes.

Los partidos también pudieron haber hecho más. Por ejemplo, pudieron haber hecho primarias en más comunas. En 73% de las comunas no hubo primarias. Si el objetivo es generar masa critica en procesos eleccionarios, los partidos deben haber primarias en todas las comunas del país donde exista más de un competidor. Incluso en aquellas con titulares que buscan ser reelegidos. Tampoco contribuyó la chambonada de la Nueva Mayoría en el Servel, que finalmente solo sirvió para confundir y alienar a potenciales votantes.

Los alcaldes titulares también contribuyeron al bajo nivel de participación. Alcaldes en comunas emblemáticas, como Santiago, Providencia, y Las Condes brillaron por su ausencia. Al no presentarse al proceso eleccionario incentivan a los votantes a quedarse en casa. Como titulares son las autoridades más conocidas de sus comunas, y como tal corren con una ventaja intrínseca. De haber competido no solo probablemente hubiesen ganado, pero también hubiesen arrastrado un mayor caudal de gente a las urnas, dandole mayor validez al proceso.

La baja participación ha resucitado el debate sobre el mejor tipo de sistema electoral. Algunos sostienen — a mi parecer correctamente — que la única forma de contrarrestar el ausentismo electoral es por medio del voto obligatorio. Quizás no se da en el mejor momento, dado que la baja participación era anticipable, pero es un debate que se debe dar. Ahora bien, se debe tener presente que irrelevante del tipo de voto (obligatorio o voluntario), la gente no va ir a votar si el gobierno, los partidos, y los candidatos no hacen lo suyo. ”

Las primarias municipales no son el mejor ejemplo para sacar conclusiones, dado que son el proceso menos atractivo de las grandes elecciones. Pero si pocos van a votar en primarias presidenciales y legislativas el proximo año, es importante volver a hablar sobre el voto obligatorio, sobre todo considerando que los partidos, y los candidatos posiblemente no estarán a la altura del desafío. Hay que hacer todo lo posible para aumentar el número de votantes en las elecciones. Es crucial para revitalizar la alicaída democracia chilena.

#Chile. El freno a mano

Publicado en La Tercera

Luego de sólo un año en el gobierno la Presidenta se vio obligada a remover a los ministros de Interior y de Hacienda de sus cargos. Bachelet no tuvo otra opción cuando se dio a conocer la cercanía de Peñailillo con los escándalos de financiamiento irregular y se hizo ineludible la responsabilidad de Arenas en la inestabilidad de la economía. En sus lugares, la Presidenta nombró a Burgos y a Valdés. A diferencia de sus antecesores los nuevos ministros no conformaban parte del círculo cercano de Bachelet. De hecho, eran todo lo opuesto. Llegaron para ponerle freno a mano al ambicioso programa de gobierno.

La reciente renuncia de Burgos no sorprende a nadie. La corta pero intensa historia de desencuentros entre el ex ministro del Interior y Bachelet se produjo a vista y paciencia de todo el país. No es necesario describir cada uno de los hechos que fueron separando el camino de ambos. Basta con decir que no había otra opción que renunciar. Burgos reinó cansado y frustrado. Aunque llegó para apaciguar el mercado político, el ímpetu del gobierno fue más fuerte. El renunciado ministro del Interior no pudo llevar al barco de vuelta al rumbo que cómodamente navegaba la Concertación.

Si bien la relación personal entre Bachelet y Burgos no parece haber sido mala, sus roles institucionales los pauperizó. Mientras que la Presidenta buscaba seguir adelante a paso firme sin renunciar al programa del gobierno, el ex ministro del Interior intentaba poner la cuota de realismo. Sería mentir decir que Burgos no logró absolutamente nada. Junto con Valdés no sólo lograron dar una señal de estabilidad en un momento de descalabro político, pero además lograron poner pausa a algunas de las reformas que en un principio parecían ser inevitables.

Pero también sería mentir decir que Burgos logró su objetivo. Las grandes reformas estructurales siguen en pie. Tal vez con más cautela y mayor reflexión que en un principio, pero siguen adelante. En ningún momento el gobierno ha abandonado su objetivo ulterior de transformar estructuralmente al país en sólo cuatro años. Desde la oposición da la sensación de que Burgos sí puso la pelota en el piso, y logró detener el juego. Pero desde el oficialismo es distinto. Para ellos Burgos sólo llegó a hacer tiempo para que pudieran hacer su juego más tranquilos.

El freno a mano se rompió, y pusieron a otro. Mario Fernández llega a cumplir el mismo rol que Burgos, dar una señal de tranquilidad en un escenario donde constantemente se pronostica una tormenta. La gran pregunta es cuánto durará. Si Fernández toma un rol activo para frenar el avance del gobierno, la Nueva Mayoría se lo va comer. Si trata de funcionar como un engranaje de freno, se terminará rodando al igual que Burgos. En cambio, si busca tejer alianzas claves con otros actores oficialistas y de oposición que persiguen en mismo objetivo, tendrá mayor suerte.

Si el rol de Fernández es poner la cuota de realismo, como se anticipa, debe exprimir su habilidad política. Estar en Interior es por esencia un juego de estrategias. Fernández llega a cumplir un rol nada de grato en una coalición de gobierno extremadamente ambiciosa. Deberá navegar cautelosamente alrededor de figuras como Aleuy y Uriarte que buscan imponer el programa de gobierno y la voluntad de la presidenta a como de lugar. No será fácil, pero Fernández es un buen hombre para el trabajo. Si llega hasta el final del cuatrienio, podrá cantar victoria.