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Las banderas democráticas de las primarias

Publicado en La Tercera

Las elecciones primarias no solo son un mecanismo para seleccionar a candidatos, son un indicador de democracia al interior de partidos y coaliciones. Cuando un partido o una coalición celebra primarias es porque su estructura interna es democrática, de corte horizontal y deliberativa. Por el contrario, cuando un partido o coalición no celebra primarias es porque su estructura interna es autoritaria, de corte vertical y arbitraria. Patrones de primarias en las últimas dos décadas muestran que la Concertación ha sido el portador de la bandera democrática, mientras que la Alianza se ha resignado a portar la bandera autoritaria. Mientras que la Concertación ha celebrado primarias en tres de cinco elecciones presidenciales, la Alianza aún no las ha utilizado.

Hay que reconocer que las primarias de la Concertación han variado en calidad. En 1993 votaron 608,569 personas en las primeras primarias semi-abiertas nacionales. En 1999 el número de votantes aumentó a 1,384,326 en las primarias abiertas nacionales. En 2009 el número de votantes descendió a 62,382 para las primarias semi-abiertas segmentadas (celebradas solo en O’Higgins y Maule). Las últimas fueron especialmente criticadas. En parte porque en su mayoría contemplaron votantes rurales proclives a votar por el candidato de la DC (Frei); en parte porque sirvieron para excluir a otros candidatos de la competencia (Arrate y Enríquez-Ominami). Si las habrían sido nacionales e inclusivas, es probable que el desenlace de la elección de 2009 habría sido diferente.

Perder una elección presidencial tras 20 años de victorias electorales tiene que haber accionado una alarma en la Concertación, tras lo cual lo normal habría sido identificar y aceptar el problema para luego solucionarlo. Sin embargo, hasta el momento solo ha ocurrido lo primero. La mayoría de los políticos de primera línea ha admitido–de una u otra forma–que la coalición debe ser reformulada y refundada bajo principios más democráticos y modernos que los originarios. Pero se ha omitido lo segundo–dar solución al problema. Los que están a cargo de los partidos han hecho poco o nada para modernizarlos de acuerdo a los nuevos estándares de participación. No hacer primarias parlamentarias es evidencia de aquello. La forma de compartir y delegar el poder no ha variado.

La Concertación no aprendió la lección tras la debacle electoral de 2009. No utilizaron la ventaja de poder mirar en retrospectiva las consecuencias de no haber celebrado primarias realmente democráticas en 2009. Podrían haber aprendido de la experiencia para usarlo para diseñar la estrategia electoral en 2013. Sin embargo, no lo hicieron. Actuaron de la misma manera que en 1993, 1999 y 2009. Pero, en 2013 hacer primarias democráticas para nominar al candidato presidencial ya no es suficiente. Admitir más candidatos a la primaria presidencial simplemente no basta. Hoy, la gente pide más inclusión y sinergia. Las marchas estudiantiles y los movimientos sociales cambiaron el bastón con que se mide la democracia. La vara horizontal y deliberativa es más alta.

No hacer primarias parlamentarias significa mantener el fondo y la forma de hacer política. Al permear a los representantes titulares, al excluir a los caudillos locales y al ignorar a las figuras emergentes, la Concertación envía una señal de que quienes mantienen el poder son los mismos de siempre. Los presidentes de los partidos hacen uso y abuso de sus atributos. Su cálculo político es claro. Al evadir primarias mantienen la facultad de premiar y castigar a candidatos titulares y a militantes e independientes desafiantes.  Creen que solo así podrán maximizar la probabilidad de escoger a candidatos que finalmente resultarán ganadores. Justifican que la designación unilateral de candidatos es más efectiva que celebrar primarias para ganar una elección.

La gran perdedora es Bachelet. Cómplice o no de la decisión de los presidentes de los partidos de no hacer primarias parlamentarias, lo que esta sucediendo al interior de la coalición que la apoya se contradice con todo lo que ella ha planteado. Para empezar, la Nueva Mayoría parlamentaria que la candidata promete involucra depender de nuevos actores. Pero los que estarán en las listas parlamentarias son los mismos de siempre. Otra cosa, el proceso de la construcción de la Nueva Mayoría contempla la participación de las masas en la selección de candidatos. Pero los que escogen a los candidatos serán los mismos de siempre. En definitiva, los que tenían esperanza que la llegada de Bachelet significaría un traspaso de poder de los pocos a los muchos…se han equivocado.

Si Bachelet está de acuerdo o no está de acuerdo con el formato de la nominación de los candidatos parlamentarios es irrelevante a esta altura. Lo que finalmente queda en limpio es que la distancia entre la candidata y los presidentes de los partidos es más estrecha de lo que se ha buscado plantear en los últimos años. Si Bachelet endosó la nominación unilateral de candidatos, o fue co-optada por los partidos sin poder oponer resistencia, no importa. La decisión de no hacer primarias parlamentarias fija el modus operandi de su candidatura. Se desprende que las primarias no son importantes para su coalición. De hecho, Bachelet y los presidentes de los partidos están dispuestos incluso a sacrificar la democracia al interior de su coalición para apuntar a ganar un par de escaños más.

La irónico es que la Alianza, y no la Concertación, fue quien aprendió la lección de 2009. Entendió el costo de no democratizarse de acuerdo a los tiempos. En 2013 la Alianza utilizará–por primera vez–una forma más democrática para seleccionar a sus candidatos que la Concertación. No solo celebrará primarias para escoger a su candidato presidencial, pero uno de sus partidos celebrará primarias para escoger a sus candidatos parlamentarios. El partido más pequeño de la Alianza (RN) hará más primarias que el partido más grande de la Concertación (DC). Los 10 candidatos de RN que serán seleccionados mediante la nueva ley de primarias serán más legítimos que los 9 candidatos del DC que fueron seleccionados bajo reglamentos partidarios.

Solo resta preguntarse si es la Concertación la que aun porta la bandera democrática, o bien ha cambiado–por primera vez en la historia–a las manos de la Alianza.

El Catch-22 de Gómez, Orrego y Velasco

Publicado en El Mostrador

La última encuesta de la UDP mostró que Bachelet no solo va ganar en la primaria de Junio, pero que además tiene probabilidades significativamente altas de triunfar en la elección de Noviembre. En el escenario en que se comparan todos los candidatos, Bachelet se impuso a su rival más competitivo (Golborne) por más de 30%. Lo realmente novedoso, sin embargo, fue conocer la magnitud de su ventaja en el escenario de primarias. Allí Bachelet obtuvo 76,2% frente al 7,5% de Velasco, el 2,7% de Orrego y el 0,9% de Gómez. Con esta evidencia en mano, parece ingenuo imaginar cualquier otro desenlace que una victoria para la ex-Presidenta. Por eso, no queda claro por qué sus adversarios de primarias insisten en competir.

Lo lógico sería que depusieran sus candidaturas frente al pronóstico electoral adverso. Por supuesto, algunos sostienen que no están en la carrera para ser electos, sino que para proponer ideas. Es el caso de Gómez, por ejemplo, quien entiende que solamente por medio de una campaña presidencial de alcance nacional puede dar a conocer las propuestas que contempla su programa. Pero aún así parece una estrategia contra-producente, pues probablemente pueda lograr su objetivo de forma más efectiva desde el senado en ocho años que desde su comando en seis meses. Lo mismo va para Orrego y Velasco, quienes probablemente tienen mejores prospectivas de influir en el aparato público si no compitieran en la primaria.

A esta altura parece ser un gesto heroico continuar en carrera contra Bachelet. Competir contra la candidatura más poderosa que ha sido registrada por encuestas de opinión pública desde 1990 es sin duda una decisión romántica. Disputar una elección conociendo de antemano las altas probabilidades de perder es sencillamente una reacción revolucionaria contra lo racional. Pues al antagonizar a Bachelet, Gómez, Orrego y Velasco no solo arriesgan perder, pero comprometen sus carreras políticas. Al debatir y contrariar a la ex Presidenta de forma pública arriesgan ser exiliados de futuros proyectos políticos. Un tema delicado, pues es probable que mientras más marquen su distancia del programa de Bachelet, más arriesgan ser blancos de represalias políticas.

La única manera de justificar su permanencia en la carrera es en el caso que tuvieran un objetivo que trascendiera la primaria. Y así parece ser. Pues, si los candidatos saben que van a perder, e insisten en realizar gastos millonarios en propaganda, es porque entienden sus candidaturas como inversiones a largo plazo. En esta línea, una alternativa presumible es que Gómez, Orrego y Velasco estén pensando más en 2017 que en 2013. Si esto es cierto, entonces conciben las primarias como un medio y no un fin. Lo ven como el primer paso en la ruta a su próxima nominación. Entienden que consolidarse como el candidato más competitivo contra Bachelet trae una recompensa. Un segundo lugar en la primaria fideliza una base de votantes crucial para enfrentar la próxima elección.

Ahora bien, permanecer en carrera también tiene un efecto indirecto importante para la legitimidad de la primaria. Bachelet necesita competencia para evitar un efecto similar al que causó la primaria de 2009. En ese año, muchos votantes castigaron a la Concertación por haber predicado ser una coalición democrática pero no haberlo practicado. Hacer primarias truchas otra vez iría en contra de toda la retórica que ha usado la oposición para limpiar su imagen. Sin primarias legitimas el ganador no tendría la autoridad moral para proclamarse el interprete de la gente. Realizar primarias truchas solo aportaría a ahuyentar votantes de la oposición hacia otras candidaturas. De pronto, Enríquez-Ominami terminaría recibiendo a varios votantes moderados insatisfechos con la Concertación.

Si los tres candidatos se bajaran de las primarias, la candidatura de la ex-Presidenta perdería fuerza. Pasaría de ser la candidata democráticamente electa por los simpatizantes de la centro izquierda a ser la candidata nominada por los presidentes de los partidos. Si no hay primarias en la oposición y sí hay primarias para escoger entre Allamand y Golborne, la Alianza podrá clamar con justa razón que su candidato presidencial fue electo de una forma más democrática que el candidato de la oposición. Es factible incluso que muchos de los votantes independientes moderados reticentes de votar por candidatos vinculados a la derecha dictatorial cambien de parecer al enterarse que la cadena de mando de la Concertación sigue igual de autoritaria que en 2009.

De este modo Gómez, Orrego y Velasco se encuentran en lo que Joseph Heller denomina un Catch-22: una situación problemática para lo que la única solución es negada por una circunstancia inherente al problema. No pueden retirarse e ir a primera vuelta contra Bachelet porque es probable que pierdan, pero es igual de probable que pierdan si permanecen en la carrera. Si no siguen en competencia deslegitiman la proclamación de Bachelet y podrían ser un precipitante de la derrota de la oposición. Si siguen en competencia hipotecan sus carreras políticas apostando todo para la próxima elección. Al parecer los candidatos buscaran un punto medio, donde trabajen para validar a Bachelet en la primaria, mientras se enfocan en sus candidaturas de 2017.

A pesar de que a Gómez le habría convenido buscar la re-elección, a Orrego le habría convenido optar por un escaño en el Congreso y que a Velasco le habría convenido ir directo a primera vuelta, todos se van a inmolar en primarias para que Bachelet resulte ganadora. A favor o en contra de lo que ella propone, los tres candidatos van a impulsar a la ex-Presidenta para que sea la primera persona en repetirse el plato desde Alessandri Palma. Aun sabiendo que es difícil que lleve a cabo reformas radicales, que su elección no simboliza un recambio generacional y que es continuarán las mismas practicas políticas, Gómez, Orrego y Velasco la van a apoyar igual. La verdadera competencia de la primaria será justamente entre ellos, en la lucha por el segundo lugar.

El escenario en que Allamand le gana a Golborne

Publicado en El Mostrador

Hasta el momento todo indica que Laurence Golborne es el candidato más competitivo para enfrentar a Michelle Bachelet en las elecciones presidenciales de 2013. En la mayoría de las simulaciones Golborne no solo gana en las primarias de su sector, pero también a los aspirantes de la oposición. Encuestas recientes muestran que en escenarios de primarias Golborne obtiene alrededor de 40% frente al 20% de Andrés Allamand. Y en escenarios de primera vuelta, que incluyen a Bachelet, Golborne obtiene alrededor de 13%–incluso superior a Allamand, que en escenarios similares solo alcanza el 6%.

Parte del éxito de Golborne se debe al endoso que obtuvo desde la UDI. Un hecho sorpresivo para algunos, dado que el partido tuvo que poner a militantes históricos del partido que aspiraban a la nominación–como Joaquín Lavín, Pablo Longueira y Evelyn Matthei, entre otros–en el congelador para apoyar una opción independiente. Lo normal habría sido que la UDI decidiera levantar a un miembro de su propia tienda, dado que en 2009 se cuadró tras el RN, Sebastián Piñera. Un hecho similar solo había ocurrido en 1993, cuando el partido decidió respaldar al senador independiente Arturo Alessandri.

La decisión inicial de apoyar a Golborne se fundamenta por la alta aprobación que obtuvo en el gabinete de Sebastián Piñera entre 2010 y 2012, producto de su oficio como Ministro de Minería (2010) en el cual tuvo su debut presidenciable tras el rescate de los 33 mineros, luego Biministro de Minería y Energía (2011), y finalmente como Ministro de Obras Públicas (2012). Frente a los índices de aprobación de Lavín, Longueira y Matthei, pareció un paso lógico para las cúpulas del partido, dado que la mala pasada de Lavín por Educación sumado a los altos índices de rechazo de Longueira y Matthei solo aseguraban una derrota.

Ahora bien, dado que Golborne no es militante UDI es evidente que su nominación por parte de la mesa responde más a la cercanía que tiene con los cánones económicos y preceptos empresariales que a la ideología política y valores morales que rigen al partido. Sus alianzas estratégicas con algunos de las empresas y empresarios más importantes del país son parte de lo que lo vuelve atractivo para el partido. Por ejemplo, tanto la UDI como Golborne sostienen que el sector privado es mucho más efectivo (y por ende necesario) que el sector público tanto para combatir pobreza como para superar desigualdad.

Caveat emptor, las razones que vuelven a Golborne atractivo para la UDI son las razones que lo podrían llevar a perder en las primarias. La breve intervención de Longueira en la contingencia es un indicio de aquello. Cuando sostuvo que la Alianza debería evadir las primarias e ir directo a la primera vuelta implicó que Golborne no es el mejor candidato de la UDI. Esto abre la posibilidad a un escenario en el cual Allamand le gana a Golborne. En este escenario–a estas alturas visto como improbable–Allamand le ganaría a Golborne en la disputa por el voto mediano de la Alianza en las primarias del 30 de Junio.

Si este escenario es real significa que hay un patrón en la opinión pública que aun no se ha revelado. Gráficamente, si situamos la adhesión de ambos candidatos en un plano cartesiano, donde se mide ‘popularidad’ y ‘tiempo’, el escenario sostiene que la línea de Golborne comienza más arriba (su adhesión comienza más alta), pero la línea de Allamand es más empinada (su adhesión aumenta más rápido). En la práctica esto significa que la línea que representa la adhesión a Allamand eventualmente se cruzará con la línea que representa la adhesión a Golborne. Longueira no solo piensa que esto es posible, sino que probable.

Hay tres teorías que podrían explicar este escenario. Una breve reseña a cada una de ellas ayudará a dilucidar la probabilidad de que Allamand pueda ganar las primarias. La primera teoría sostiene que los militantes de la UDI no están comprometidos con Golborne. Naturalmente prefieren a un candidato que milite en la UDI, que interprete la ideología política y practique los valores morales planteados por el partido. Por eso no solo les molesta su historial político, como su distancia con la derecha conservadora, pero también su historial personal, como su agnosticismo y matrimonio en segundas nupcias.

La segunda teoría sostiene que las cúpulas de la UDI no están convencidas con Golborne. Este es el caso, entre otros, de Longueira. Si bien sus palabras se han enmarcado dentro de una perspectiva institucionalista (por el bien del partido), también pueden ser interpretadas desde una perspectiva individualista (por el bien de él), donde la verdadera intención es forzar su propia nominación. Irrelevante de la motivación, Longueira no esta solo en la travesía. Otros históricos del partido no les agrada la llegada de un independiente. Sobre todo a un partido que tradicionalmente funciona en base a lealtades y jerarquías.

La tercera teoría sostiene que la mayor parte de los votantes de la derecha creen que la solución a los problemas políticos esta en personas con trayectorias políticas y no en personas con trayectorias empresariales. En este sentido el currículum que permitió a Golborne ser nominado por las cúpulas de UDI no es más que un escollo para ganar las primarias. Esto es especialmente peligroso para Golborne si la mayor parte de la gente que finalmente decide votar son votantes que tienen un sentido cívico más desarrollado, y por ende premia a candidatos reconocidos por su trayectoria.

Mientras más de estas tres teorías sean ciertas, más probable es que las líneas de adhesión a cada candidato se crucen antes de las primarias, y Allamand resulte ganador. Por lo mismo, la estrategia de su comando de campaña debería ser enfatizar en la autenticidad de cada una de las teorías. El trabajo del equipo político debe estar enfocado en aislar a los militantes UDI de Golborne, instalar la duda en las cúpulas UDI sobre la idoneidad de Golborne, y enfatizar en el carácter político de Allamand como un medio necesario para llevar a cabo el programa de gobierno que la Alianza finalmente presente como propuesta única.

Bachelet: Debates, Interpelaciones y Presidentes de los Partidos

Publicado en La Tercera

Son varias piezas las que se mueven con la proclamación de Michelle Bachelet. Son tres mis impresiones:

1. La calidad y frecuencia de las primarias de la Concertación será menor a lo anticipado

Durante su proclamación Bachelet fue enfática en sostener que la preocupación principal de su segunda campaña presidencial será la ciudadanía. En constantes viajes a través de Chile recogerá ideas y construirá su programa de gobierno. Entre líneas esto significa que el gran interlocutor de Bachelet serán los votantes y no los candidatos contrincantes. Naturalmente su condición de favorita le permite no debatir en todas las instancias que los otros candidatos lo quieran hacer. Pero también significa que la profundidad de los temas que se debatan en los pocos encuentros que se lleven a cabo será baja.

Por un lado es bueno para Bachelet. Si va ganar las primarias de cualquier forma, le conviene minimizar el número de asperezas que tenga con José Antonio Gómez, Claudio Orrego y Andrés Velasco. Mientras más rencillas se den al interior de la Concertación, más podrán capitalizar Andrés Allamand y Laurence Golborne. Por otro lado es malo para Bachelet. Principalmente porque si llevan a cabo debates de baja calidad será fácil para los candidatos que van por fuera del pacto criticar que las primarias están arregladas. Mientras menos competitivas sean las primarias, más podrá capitalizar Marco Enríquez-Ominami.

2. Los candidatos de la Alianza organizarán sus campañas en torno al programa de Bachelet

El problema de Allamand y Golborne es que si la elección fuera el próximo domingo perderían en primera vuelta. Porque es difícil que Bachelet quiera entrar a un debate con cualquier de los dos, tendrán que ser ellos quienes inicien el intercambio. Suponiendo que finalmente se llevarán a cabo las primarias, y solo uno de ellos pasará a primera vuelta, el ganador tendrá que asumir el rol  de interpelar a Bachelet. Una posición incomoda, pero inevitable. A partir de los planteamientos de Bachelet, el candidato único se verá forzado a forzar a plantearse a favor o en contra de cada una de las propuestas de Bachelet.

Supongamos que Bachelet levante cuatro grandes ejes: ‘Educación’, ‘Trabajo’, ‘Nueva Constitución’ e ‘Inclusión Social’. Obviamente cada uno de los ejes se escogió porque se consideró prioritario. Si Bachelet continúa como amplia favorita en las encuestas tras las primarias, será el ganador de la primaria de la Alianza el responsable de cuestionar a Bachelet en cada uno de los temas antes que pueda entablar sus propias propuestas. Por una parte puede ser positivo, si el discurso interpelativo es visto como constructivo. Por otra parte puede ser peligroso si interpelar a Bachelet sea visto como una serie de ataques gratuitos.

3. El eje de la campaña de Bachelet será en base a movilizaciones y enfocado en ciudadanos

La gran ausencia de la campaña de Bachelet serán los líderes nacionales de los partidos políticos de la Concertación. Tras las lecciones de la debacle electoral de 2009, sería un flaco favor si los presidentes de los partidos hacen campaña activamente por la ex presidenta. Por el contrario, Bachelet buscará establecer conexiones a nivel local con alcaldes, grupos de concejales y juntas de vecinos. Esto le permitirá adueñarse de las demandas de aquellos que piden más inclusión. Osvaldo Andrade, Ignacio Walker y Jaime Quintana se quedarán en sus sedes, mientras que Sadi Melo, Iván Fuentes y Teresa Váldes saldrán a las calles.

Ahora bien, el enfoque ciudadano que propone Bachelet significa recoger e implementar demandas de los ciudadanos, pero no necesariamente prescindir de la política tradicional. Si bien disminuirá la cantidad de minutos que reciban los presidentes de los partidos, no estarán completamente ausentes. De hecho, es probable que sean ellos quienes manejen el aspecto territorial de la campaña desde las sombras. Es imposible imaginar un escenario en que Bachelet haga campaña solo con voluntarios. Y es precisamente ese su talón de Aquiles, algo que tanto los candidatos de la Alianza como Enríquez-Ominami aprovecharán.

 

Los indecisos van a decidir la elección de 2013

Publicado en La Tercera

En las elecciones presidenciales de 1989, 1993, 1999, 2005 y 2009 los votantes duros fueron determinantes en los resultados. En las primeras cuatro elecciones, la Concertación solamente tuvo que asegurar que el candidato nominado pudiera obtener todos los votos a la derecha de la DC y unos pocos más de los desafectados de RN. Esto fue relativamente fácil, dado que el partido más radical a la izquierda del espectro ideológico, el PC, siempre decidió apoyar a la coalición de centro izquierda de cara a la segunda vuelta. Además, con promesas de gobiernos moderados, los estrategas de las campañas fácilmente pudieron convencer a votantes de derecha que no les convencía el candidato de la Alianza.

En 2009, la Alianza usó la misma estrategia a su favor. Aprovechando la mala selección del candidato de la Concertación, además de la potente campaña mediática de Piñera, las cúpulas de la Alianza lograron convencer a todo el electorado a la derecha de RN, más unos pocos desafectados de la DC, para elegir al primer presidente de derecha desde Alessandri en 1958. Hay que mencionar que si bien fue la misma estrategia de la Alianza en las elecciones previas a la de 2009, simplemente no había dado resultado. El clivaje democrático/autoritario forjado tras el gobierno militar dejó a la derecha con menos probabilidad de obtener retornos electorales en las presidenciales.

Tanto la estrategia de la Concertación en las primeras cuatro elecciones, como la de la Alianza en la última, fueron bastante sencillas de ejecutar. Principalmente porque bajo voto obligatorio los partidos sabían qué tipo de campañas tenían que hacer, y a dónde tenían que enfocarlas. Dado que los estrategas de los partidos poseían los padrones electorales, no solamente sabían dónde votaba la gente, y en que dirección tendían a votar, pero además sabían quiénes eran los que votaban y quiénes eran los que se abstenían. Esto les ayudó a enfocar la mayor parte de su energía y recursos en esos pocos votantes indecisos, en vez de perder ímpetu en convencer a los que ya estaban convencidos.

En la elección de 2013 la dinámica será distinta. Ya no hay información fidedigna de cuántos votantes acudirán a las urnas. La sorpresa en las municipales es el mejor ejemplo. Mientras que algunos estimaron que votaría más gente al ampliarse el padrón electoral, otros anticiparon que como en otras experiencias la participación bajaría a niveles históricos. Los segundos tuvieron razón. Las municipales de 2012 tuvieron la abstención más alta de elecciones democráticas recientes. La incertidumbre sobre quiénes votan y quienes no votan es de tal magnitud que los resultados de una encuesta reciente mostraron que alrededor de 40% declaro haberse abstenido, cuando en realidad fue cerca de 60%.

Los pronósticos de resultados de elecciones presidenciales de Tresquintos son una buena referencia para entender la importancia de los indecisos. En la simulación hecha el 1 de Febrero de 2013 la suma de todos los candidatos del escenario 1 de primera vuelta (con Allamand) suma 58%, y la suma de todos los candidatos del escenario 2 de primera vuelta (con Golborne) suma 64%. Lo que resta a 100% son los indecisos. Y a esta altura de la carrera hay muchos. Una parte importante de quienes contestan encuestas no sabe por quién va a votar. Esta tendencia es más marcada que en campañas anteriores, donde a esta distancia de la elección solo una pequeña parte permanecía indecisa.

A medida que se acerque la elección la proporción de individuos indecisos va a disminuir. Gran parte de esto se explica porque aun faltan muchas cosas por suceder. Entre esas cosas, la elección definitiva de los candidatos. Es solo natural que exista tal magnitud de indecisos si no está claro si Bachelet volverá o si finalmente será Allamand o Golborne el que represente a la Alianza. Al mirar los pronósticos de segunda vuelta de Tresquintos esto se hace evidente. Ambos candidatos de la Alianza aumentan significativamente su intención de voto contra Bachelet. Es decir, la baja votación de la derecha a esta altura se explica en gran medida porque no hay claridad quien será el candidato.

La importancia de los indecisos es evidente. Ahora, a diferencia de antes, los estrategas electorales deben salir a buscar una grupo de votantes que no comparten las mismas demandas. Los indecisos no son todos iguales, no son todos de centro. Por eso, el ganador de la elección será la coalición del candidato que sepa identificar mejor a los indecisos. Dado que no existen las mismas herramientas que en elecciones anteriores este proceso será más complejo. Pero, la evidencia muestra que la carrera recién comienza. Lejos de ofuscarse por una baja votación, los candidatos de derecha deberán ser pacientes y confiar que su apoyo vendrá solo tras las primarias de Junio, cuando disminuyan los indecisos.

Reformas electorales sub-óptimas

Publicado en La Tercera

Llevar a cabo reformas electorales es casi imposible. Desde 1989 se han archivado, rechazado o removido al menos 14 proyectos. Esta rigidez tiene su origen en la estrategia del gobierno militar para enfrentar la transición. Al intuir que su bando iba perder la elección de 1989, decidió unilateralmente diseñar un sistema electoral que no se pudiera alterar con facilidad. Además de (1) crear una Ley Orgánica con especial quórum de cambio, buscó (2) reducir el número de partidos en competencia, y (3) minimizar la magnitud de derrotas.

En general, fue una estrategia exitosa. El alto quórum sirvió como un candado constitucional. La nueva modalidad de mayoría absoluta con segunda vuelta para elecciones presidenciales, y el formato binominal para elecciones legislativas, transformó el sistema multi-partidista en uno bi-partidista, protegiendo a la minoría. Y los partidos que apoyaron el gobierno militar evitaron debacles electorales. En 1989, por ejemplo, la Alianza obtuvo 34% de votos para su lista de diputados, pero se les asignó 40% de escaños en la cámara baja.

Con el pasar de los años, sin embargo, el sistema inicialmente diseñado como un mecanismo de protección y un seguro contra derrotas electorales, se transformó en un sistema altamente inefectivo. El especial quórum para cambiar el status-quo forjó jugadores de veto entre las minorías, y la manipulación al número de partidos y la distorsión a la transformación de votos en escaños forjaron resultados electorales sesgados. En vez de ayudar a solidificar la democracia, el nuevo sistema solo profundizó problemas que retrasarían la consolidación.

Uno de esos problemas, por ejemplo, es la ausencia de competencia. El binominal incentiva que la disputa legislativa se de dentro de listas (entre candidatos con ideas concordantes) en vez de entre listas (entre candidatos con ideas discordantes). De hecho, vuelve altamente probable (90% en 2009) que un candidato de cada una de las listas más grandes resulte electo. Asimismo, favorece desproporcionalmente la elección de candidatos titulares y ex-legisladores por sobre la de candidatos nuevos.

Otro problema es la falta de representación. El sistema incentiva negociaciones entre las élites para la nominación de candidatos presidenciales. Por ejemplo, además de las primarias de Frei (1993) y Lagos (1999), todos los candidatos han sido nombrados por dedazos de las cúpulas. El efecto ha sido nefasto. Es probable que haya influido en la derrota de la Alianza en 2005/2006, y que este tras la razón por la cual la Concertación perdió en 2009/2010–cuando devaluó las opciones presidenciales de Arrate y Enríquez-Ominami.

Un tercer problema recurrente es el bajo nivel de participación que convoca. Desde la primera elección en 1989 el número de personas inscritas en el padrón electoral ha disminuido de forma constante. Con el sistema de inscripción voluntaria, aumentó masivamente el número de personas en edad de votar declinando inscribirse. Si bien votaba un alto porcentaje de padrón, cada vez hubo menos inscritos. Esta tendencia solo aportó a levantar dudas sobre la legitimidad de los resultados electorales y la calidad de la democracia.

Frente a estos problemas, lo natural habría sido proponer y aprobar proyectos para resolverlos. Por ejemplo, una solución frente a la falta de competencia podría haber sido remplazar el binominal por un sistema realmente competitivo, como el uninominal. Una solución frente a la falta de representación podría haber sido instaurar primarias obligatorias y vinculantes para coaliciones. Y una solución frente a la abstención podría haber sido adoptar la inscripción automática con voto obligatorio.

Sin embargo, nada de esto se ha hecho. A pesar de que las soluciones parecen ser evidentes, y existe un amplio registro del efecto positivo de cada una de ellas en la literatura, no han sido implementadas. La principal razón ha sido la rigidez de la Constitución. Ni las camadas de mayorías más altas que han pasado por el Congreso han tenido éxito. El quórum de la Ley Orgánica sencillamente ha sido muy alta. Si bien puede haber sido una idea sensata en un inicio, para dotar de estabilidad a la transición, ahora parece ser un impedimento innecesario.

El dilema ahora es que para hacer cambios, se están implementando soluciones alternativas a las óptimas. La imposibilidad de alcanzar mayorías calificadas para implementar las mejores soluciones, ha llevado a los partidos políticos a proponer–y muchas veces a aprobar–reformas electorales sub-óptimas. Lejos de diseñar soluciones definitivas a los problemas, las autoridades electas, tanto presidentes como legisladores, han buscado publicar leyes que finalmente introducen más distorsiones.

Un ejemplo de esto es la imposibilidad de introducir competencia en el sistema binominal. Hasta ahora, todos los proyectos han sido rechazados–desde los más simples que han buscado eliminar el guarismo “120″, hasta los más complejos que han propuesto redistritajes. Como consecuencia, el sistema electoral ha permanecido igual de poco competitivo que en 1989. Incluso, se podría argumentar que es menos competitivo aún, dado que la cantidad de doblajes en la elección de diputados disminuyó a 1 en 2009, de 11 en 1989.

Un segundo ejemplo son las iniciativas para aumentar la representación. Si bien han sido pasos en la dirección correcta, no han sido suficientes–ni en cantidad o calidad. La Ley recién aprobada, por ejemplo, tiene varios problemas que muestran que solo reforzara lo que ya existe. Por ejemplo, la falta de financiamiento del Estado para candidatos legislativos solo beneficiará a los titulares. También aumentará la opacidad del proceso, dado que establece que los candidatos solo deben entregar una declaración jurada de sus gastos.

Un tercer ejemplo, similar al de las primarias, es el proyecto aprobado con la idea de incrementar la participación: el voto voluntario. La narrativa tras el proyecto fue tratar de incluir a más gente en el padrón, para aumentar la probabilidad de revivir el alicaído índice de participación. Sin embargo, tras su implementación en las municipales de 2012, ocurrió todo lo contrario. Hubo un récord de abstención, alcanzando el 60% de los mayores de 18. Al revés de la Ley de primarias, el voto voluntario fue un paso en la dirección equivocada.

En retrospectiva vemos que frente a reformas constitucionales orientadas a modificar el sistema electoral, los legisladores tuvieron que escoger entre dos caminos: (1) mantener el status-quo, o (2) apoyar reformas políticas sub-óptimas. La gran mayoría escogió el segundo. Es decir, ante ningún cambio prefirieron cualquier cambio (aunque no fuera de su agrado). Naturalmente al implementar soluciones sub-óptimas bajo una Constitución poco flexible significa institucionalizar los problemas pre-existentes de forma permanente.

El argumento es que la rigidez de la Constitución puede estar dañando la democracia más de lo que la esta salvaguardando. No hay duda que la estrategia del gobierno militar al final de los ochentas tenía lógica. Incluso encuentra un importante consenso entre sus detractores. Pero más de veinte años después, es importante revisitar el tema. Como sugirió Keynes, cuándo los hechos cambian, hay que reconsiderar opiniones. Los sectores conservadores, que hoy se visten de veto, deben recapacitar sobre el beneficio de prolongar el sistema actual.

El silencio de Bachelet

Publicado en El Mostrador

Cuando Bachelet dejó el gobierno en 2010, lo hizo con un 84% de aprobación presidencial. Desde entonces ha liderado todas las encuestas que evalúan potenciales escenarios para la próxima elección presidencial, con pronósticos de hasta 40 puntos de ventaja en primera vuelta. En contraste con lo que piensa la gente, una parte importante de la clase política es antagónica a una eventual vuelta de la ex-presidente. Los otros candidatos saben que mientras Bachelet este en el camino será casi imposible ganar la elección.

Para evitar este desenlace, los que se oponen al regreso de Bachelet han diseñado estrategias que buscan minimizar los márgenes que la mantienen a su favor. Aunque estas estrategias vienen desde distintos sectores, todos apuntan a lo mismo: romper su silencio. Hay un consenso que su prolongada popularidad proviene de su discreta intervención en la política contingente. Dado que no ha respondido críticas a su gobierno y no ha propuesto ideas para un futuro gobierno, advierten que su evaluación está inflada.

La esperanza es que cuando Bachelet eventualmente acepte la nominación, responda las críticas a su gobierno y proponga ideas para un futuro gobierno. Según muchos este será el momento en que su nivel de apoyo naturalmente comience a bajar, dado que los candidatos en competencia finalmente podrán contrastar sus propias campañas con los defectos de su gobierno, y con las ideas para su futuro gobierno. Piensan que su evaluación en las encuestas es indirectamente proporcional a la de Bachelet.

Desde la Alianza se ha insistido en asociar el silencio con deficiencias de su gobierno, usando temas como la fallida implementación del Transantiago en 2006 hasta la negligencia política del Tsunami en 2010. El denominado equipo de “caza-Bachelet”, comandado por el diputado Hasbún de la UDI, ha buscado apelar a la razón de la gente para mostrar que el silencio de Bachelet solo sirve para encubrir sus errores. Lejos de ser una estrategia política, argumentan, su silencio es una forma de enmascarar una gestión que solo deja dudas.

Desde la oposición el silencio se ha interpretado de distintas formas. Para los poderes fácticos de la Concertación ha traído beneficios libres de costos. Sin hacer campaña tienen la elección prácticamente ganada. Pero para el resto de la oposición, ha sido una piedra de tope. De todas los candidatos que han surgido desde 2010, ninguno se ha podido consolidar. El gran problema de la candidatura de Velasco, Enríquez-Ominami y otros es que bajo cualquier escenario concebible la gente prefiere votar por Bachelet que por ellos.

Los argumentos a favor o en contra del regreso de Bachelet pueden ser juzgados por su propio peso. Pero algo indiscutible es que el silencio ha jugado a su favor. No solo ha conseguido permanecer en la palestra pública, pero en muchas dimensiones ha logrado incluso incrementar su fuerza. En la encuesta CEP de Abril 2012, no solo figura como el personaje político mejor evaluado, pero también como la persona más conocida del país. La evidencia muestra que su evaluación no está inflada, y que difícilmente caerá en cuanto rompa el silencio.

Los que anticipan que la popularidad de Bachelet caerá significativamente tras romper el silencio se equivocan. La aprobación presidencial con que Bachelet gobernó durante sus últimos dos años, y que ha mantenido hasta ahora como funcionaria de la ONU en Nueva York, es permanente e intransferible. No es un “veranito de San Juan”, como el de Piñera tras el rescate de los mineros. Es probable que aun cuando Bachelet responda las críticas y proponga, su apoyo se mantenga estadísticamente intacto.

El apoyo a Bachelet no solo trasciende su silencio. Se mantendrá inalterado incluso si la oposición gana las elecciones municipales o si Piñera incrementa su aprobación presidencial. Su apoyo corre por un carril distinto, el cual no se construye con ladrillos tradicionales. El problema en detectar la naturaleza de este apoyo ha resultado en estrategias contraproducentes. Las constantes referencias no han hecho más que consolidarla ante la opinión pública como la candidata favorita de la oposición y la sucesora natural de Piñera.

Todo esto apunta a dos cosas.

Lo primero es que Bachelet va ser candidata presidencial en 2013. Al guardar silencio estorba al resto de los aspirantes que buscan ser nominados. Si su intención es que la oposición gané en las próximas elecciones su silencio solo puede significar una intención de competir. Esto no impide un debate de ideas a priori, pues probablemente sea un factor que favorezca tanto a la oposición como a Bachelet. Sin embargo, es evidente que en caso de primarias vinculantes sea ella quien gane.

Lo segundo es que la Alianza debe elegir al candidato que mejor se mida contra Bachelet. Primarias son democráticas y por ende deseables, pero pueden producir resultados adversos. El favorito de los militantes no necesariamente es quien pueda ganar la elección presidencial. Hasta el momento Golborne es el más competitivo, y en un lejano segundo lugar Allamand. De no subir significativamente en las encuestas, Longueira tendría que deponer su candidatura a favor de cualquiera de las anteriores.

Andrés Velasco: entre Pro-Sistema y Anti-Sistema

Publicado en La Tercera

En Tolerancia Cero, y luego en varias entrevistas, el candidato presidencial independiente pro-Concertación Andrés Velasco manifestó que el Senador PPD Guido Girardi “es el líder del clientelismo y de las malas prácticas”. Más productivo que analizar la veracidad del supuesto modus operandi de Girardi—porque probablemente sea verdad, el cuoteo de los partidos es una práctica típica en la política chilena—resulta evaluar la estrategia tras la critica de Velasco. Surgen dos preguntas: primero, ¿qué pretende con criticar a Girardi?, y segundo: ¿cuál es el peligro de criticar a Girardi? Mi intuición es que Velasco lo hace para aislarse de la mala evaluación de la clase política. Pero el peligro es que arriesga ser castigado tanto por la gente como por los partidos.

Cuando Velasco se refiere a las malas prácticas de Girardi, se refiere en específico a las malas prácticas de la Concertación, y en general a las malas prácticas del sistema político. Desde al menos el retorno de la democracia que los presidentes electos responden a las demandas de los partidos. Si bien ha sido el mandatario el encargado de designar a los ministros, han sido los propios partidos los encargados de llenar los cargos bajo ellos. Esta práctica va más allá de Chile. Hay un amplio cuerpo de literatura sobre regímenes presidenciales que muestra como el cuoteo se repite en sistemas políticos gobernados por coaliciones. La conclusión es que es normal que cuando varios partidos apoyan a un mismo candidato cada uno de ellos exija obtener cuotas de poder en retorno si el candidato es electo.

Es extraño, entonces, ver a Velasco criticar a un político en particular dentro de un universo donde todos actúan igual. Extraña, además, porque él mismo formó parte del sistema que reprocha. Si bien no aceptó el cuoteo tradicional en su cartera, no significa que no haya ocurrido en otras carteras del mismo gobierno. De hecho patrones de rotación ministeral durante el gobierno en que fue ministro sugieren que el cuoteo estuvo igual de presente que en gobiernos previos. Si la práctica del cuoteo habría sido un quiebra-trato para Velasco, simplemente no habría formado parte del gobierno de Bachelet. Por eso resulta extraño, o mejor dicho inconsecuente, protestar contra un sistema del cual él mismo formó parte. Si bien es válido recapacitar y denunciar las prácticas que le parecieron mal, el momento que escoge para hacerlo responde más a una estrategia política que a una redención moral.

La paradoja, entonces, es que Velasco critique con alevosía las prácticas de una coalición, mientras abiertamente manifiesta su intención de ser un candidato presidencial de esa coalición. El problema está en la ambigüedad con la cual Velasco define su candidatura. No sabemos si es un candidato pro-sistema o un candidato anti-sistema. Por un lado, se presenta como un candidato de la Concertación, al mostrarse ansioso de participar de las primarias, y manifestar su intención de contar con los votos de los militantes de sus partidos. Pero por otro lado, se presenta como un independiente, lejano a las prácticas políticas de los líderes de esos partidos. Su estrategia mixta, entonces, consta en ser considerado un candidato que pueda ofrecer gobernabilidad, pero sin caer en los problemas endógenos que tienen los candidatos que provienen de los partidos.

Esta estrategia mixta, que a Velasco le resulta cómoda, tiene dos grandes problemas. Primero, si insiste en considerarse pro-sistema, la gente lo asociara como tal. Pero la mala imagen de los políticos en las encuestas es una evaluación a la clase política, no a políticos en particular. Velasco tendrá que asumir el castigo que significa formar parte de la clase política. Segundo, y más importante, si insiste en ser considerado anti-sistema, tendrá que criticar a los líderes de la Concertación, pero arriesgara ser tachado de las primarias. Enríquez-Ominami entendió este problema en 2009, cuando optó por ser un candidato anti-sistema. Entendió que tener un pie dentro de la política tradicional y uno fuera lo perjudicaba más que tener los dos pies adentro o los dos pies afuera. Si Velasco insiste en usar la estrategia mixta, será castigado tanto por los votantes como por los líderes de los partidos.

Velasco deberá decidir si va ser un candidato pro-sistema o un candidato anti-sistema. Si decide adoptar una estrategia pro-sistema, deberá competir en primarias. Pero si lo hace, no podrá criticar los poderes fácticos de la Concertación, al menos hasta después de las primarias. Pues son los líderes de esa coalición quienes imponen las reglas de las primarias. Y una buena relación con los líderes significa bajar los costos que significa no pertenecer a un partido en primarias de partidos. En cambio, si decide adoptar una estrategia anti-sistema deberá competir como independiente. Y si lo hace podrá levantar todas las criticas que tenga contra las prácticas políticas de la Concertación. Sin embargo, ésta estrategia también implica que es probable que enfrente el mismo destino que Enríquez-Ominami en 2009. Una díficil, pero necesaria decisión.

El Binomio Golborne-Allamand 2013

Publicado en La Tercera

Comenzó la carrera presidencial de 2013. Es altamente probable que entre los nombres de quienes ya han sido proclamados—o han sido autoproclamados—presidenciables, se encuentre el próximo presidente de la república. Es difícil pensar que un nuevo nombre se sumé a los ya más de 10 aspirantes a La Moneda. En vez de esperar hasta después de las elecciones municipales, como es tradición en Chile, los candidatos ya han puesto en marcha—algunos con más audacia que otros—sus campañas. Mientras que Bachelet y Golborne han sostenido sus candidaturas en el silencio, Enríquez-Ominami y Velasco han manifestado sus ambiciones a través de los medios. Mientras que Orrego y Allamand han insistido en sellar sus opciones con las elites de sus partidos, Rincón y Longueira han intentado apelar a las masas para materializar sus anhelos.

Aunque la masiva cantidad de candidatos recién proclamados insinúa que la carrera acaba de comenzar, las encuestas indican que es una carrera corrida. Los altos índices de apoyo a Bachelet en las encuestas sugieren que es improbable que cualquier candidato de la Concertación pueda interrumpir su nominación. O los candidatos están demasiado identificados con los partidos en un momento en que la política alcanza su peor evaluación (Alvear, Walker y Gómez), y por ende son poco atractivos para el electorado, o simplemente no tienen el apoyo de las cúpulas de sus propios partidos (Orrego, Rincón y Rossi), y probablemente sean obligados a bajar sus candidaturas mucho antes de la elección. Incluso con la clase política desacreditada y las elites celosas, ni los independientes (Enríquez-Ominami y Velasco) se logran consolidar como rivales serios.

La similitud entre los candidatos de la Concertación y los de la Alianza es notable; ninguno logra amenazar la victoria de Bachelet. Ni Allamand, el favorito de RN; ni Longueira, el favorito de la UDI; ni Golborne, el favorito del gobierno. Los datos son lapidarios. Bachelet gana en todas las encuestas que han medido intención de voto para la elección de 2013. De las 10 encuestas que han medido primera vuelta, incluyendo tanto a Bachelet como a Golborne, Bachelet obtiene en promedio 43% de las preferencias, mientras que Golborne obtiene 12%, Allamand obtiene 4,5% y Longueira obtiene 3%. Esta brecha es aun más escandalosa al proyectar el resultado de una eventual segunda vuelta. De las 7 encuestas que han medido a Bachelet contra Golborne, la ex-presidenta obtiene en promedio 59% de las preferencias, mientras que el ministro obtiene 39%.

Es probable que la condición de favorita de Bachelet no varíe en el tiempo. Hasta el momento no se ha declarado candidata y su alto porcentaje de aprobación no ha bajado. Ni el 27F o las posteriores comisiones investigadores han logrado reducir su intención de voto. Por eso es altamente probable que Bachelet se convierta en la candidata de la Concertación, sin siquiera haberlo solicitado. Ya sea mediante primarias o un dedazo de los presidentes de los partidos, será la gente la responsable de su nominación. Ahora bien, aunque las primarias son una estrategia arriesgada, asumiendo que los otros candidatos podrían levantar importantes criticas en contra de la ex-presidenta, el dedazo podría eclipsar las aspiraciones de cualquier candidato de la Concertación—incluso las de Bachelet—al conmemorar las primarias truchas de 2009.

Si bien la nominación de Bachelet es algo que la Alianza no puede evitar, sí puede contrarrestar sus efectos. De hecho la Alianza ha estratégicamente permitido, e incluso fomentado, el surgimiento de al menos tres candidaturas esperando que al menos una de ellas se vuelva suficientemente competitiva para derrocar a Bachelet. RN ha potenciado a Allamand, la UDI ha respaldado a Longueira, y el gobierno ha patrocinado a Golborne. Sin embargo, parece ser una estrategia contra-intuitiva, sabiendo que Bachelet le ganaría a cada uno de ellos en primera vuelta. Es más, probablemente sería fútil dado que cada vez que dos candidatos de la misma coalición han ido a la misma elección presidencial, su coalición ha perdido. Incluso bajar a dos de los tres candidatos y potenciar al tercero sería un problema, dado que Bachelet le ganaría a cualquiera de ellos en segunda vuelta.

Una tercera estrategia, no convencional en regímenes presidencialistas, sería potenciar a dos de las tres candidaturas. En éste caso, sería el de los dos candidatos favoritos. Esto tiene sentido, según las encuestas. Golborne debe ser el candidato porque es el favorito; es quien mayor probabilidad tiene de ganar a Bachelet. Además, es atractivo porque es independiente y salva providencialmente de una mala evaluación por ser estar fuera de la clase política. Allamand, en cambio, no puede ganar contra Bachelet. Pero sí puede jugar un rol clave. Dado que tiene el apoyo irrestricto de RN, está en el lugar propicio para forzar primarias con cualquier candidato de su coalición y manejar el escenario de acuerdo a la contingencia. En caso que su candidatura no tomara vuelo, podría proclamar la candidatura de Golborne al desechar su opción por RN.

Esta tercera estrategia tiene importantes implicancias electorales y políticas. Primero, el binomio Golborne-Allamand es más atractivo que cada candidato por sí solo. Por ende, la Alianza naturalmente tendría más probabilidades de elegir al próximo presidente si Golborne y Allamand cooperan, que si Golborne y Allamand se obstruyen. Además, la oferta de un candidato independiente ligado al mundo empresarial apoyado por un militante capaz de lograr acuerdos políticos representa una de las demandas más reiteradas que se le han hecho al gobierno de Piñera. Segundo, el binomio Golborne-Allamand implícitamente significa que el primero deberá hacer importantes concesiones políticas al segundo si es electo. Golborne probablemente tendría que ceder el control político a Allamand, dejándolo a cargo de la conducción interna del país. Una situación cómoda, tanto para la Alianza como para Allamand y Golborne.

Primarias en la Concertación: Participación y Resultados

Este artículo es un aporte de Mauricio Morales, Director del Observatorio Político-Electoral de la Universidad Diego Portales.

Las recientes elecciones primarias municipales de la Concertación poco tienen que ver con las primarias presidenciales que implementó en 2009. En lugar de cerrarse a la ciudadanía, la Concertación asumió el riesgo de medirse en las urnas. Claro, la participación sólo llegó a poco más de 313 mil electores que, en la práctica, representan alrededor del 10% de los votantes de las 141 comunas donde hubo elecciones. Esto, utilizando como base los votos válidamente emitidos en la última elección de diputados 2009. Estas comunas, de acuerdo al total nacional, representan a casi la mitad de los electores (47,1% para ser más exactos). En consecuencia, fueron primarias de amplio alcance y donde los partidos decidieron asumir una cuota de riesgo. Incluso, siendo algo más puntillosos, en estas comunas la Concertación obtuvo alrededor de 1 millón 350 mil votos en la pasada elección de diputados 2009. Por tanto, esos 313 mil votantes que participaron en la primaria municipal de este año representan algo así como el 23% de la masa electoral total de la Concertación en esas comunas.

Como las primarias en Chile no están institucionalizadas, naturalmente se generan algunos vicios. Por ejemplo, el hecho de que muchos candidatos expliquen sus derrotas debido a la intervención de votantes (no militantes) de otros partidos. El argumento es que estos electores respaldan al candidato más débil con el fin de que a su coalición le sea más fácil derrotarlos en octubre. Si en Chile las primarias fuesen simultáneas, este problema dejaría de existir. Lo segundo tiene que ver con los “picados”. Es decir, aquellos candidatos que pierden pero que, al mismo tiempo, niegan su apoyo al vencedor o cuestionan su triunfo. Acá las primarias tienen un verdadero efecto “boomerang”, pues el ganador sale debilitado y no fortalecido. Si las primarias fuesen estrictamente vinculantes, seguramente este problema podría tener alguna solución. En tercer lugar, está la cobertura de prensa. Cuesta encontrar noticias positivas en torno a las recientes primarias de la Concertación. Se suele priorizar el hecho de que participó poca gente, que hubo acarreo, conflictos, denuncias y que, por tanto, las primarias no habrían hecho más que reproducir los vicios de la política. Si las primarias estuviesen debidamente reguladas y fuesen obligatorias para todos los partidos, probablemente la cobertura de prensa sería distinta.

Estos aspectos negativos que destacan en la agenda de los medios de comunicación no hacen más que profundizar la mala imagen de los políticos. Si los candidatos se eligen a puertas cerradas, se les acusa de elitistas, encapsulados y actuando de espaldas a la ciudadanía. Si los candidatos se eligen de manera abierta y participativa, se subrayan los vicios y no las virtudes del proceso. Creo que el mensaje, en definitiva, es que las primarias pasan a ser un proceso irrelevante. Mi postura es totalmente opuesta. Las primarias de la Concertación fueron organizadas y financiadas por los partidos. Se implementaron en 141 comunas que, en términos de votantes, representan casi la mitad de la población. Eso, al menos, demuestra un esfuerzo y voluntad por escapar de la crisis de confianza en que se encuentra la ex-coalición de gobierno.

El documento adjunto se organiza en tres partes. La primera parte estudia la participación electoral en las 141 comunas donde hubo elecciones primarias, subrayando que la participación fue sustantivamente más alta en las comunas pequeñas. Paralelamente, se plantea que si bien la participación es más alta cuando compite un incumbente, esa participación cae cuando el incumbente gana por un amplio margen. Es decir, si el incumbente se enfrenta a un desafiante débil, la participación será baja pues la masa de votantes sólo corresponderá a aquellos electores movilizados por el incumbente. En cambio, si hay más competencia entre el incumbente y alguno de los desafiantes (incluyendo la probabilidad de que el incumbente sea derrotado), la movilización no sólo correrá por cuenta del incumbente, sino que también por parte del desafiante, elevando así la participación electoral.

La segunda parte tiene como objetivo puntualizar el riesgo que corrió cada partido de la Concertación en estas elecciones. Es decir, cuántas comunas en las que obtuvo la alcaldía en 2008 fueron llevadas a primarias y, de ellas, cuál fue su magnitud en términos de número de votantes. Así, no sólo me preocupo del total de comunas puestas en riesgo, sino que también de su peso relativo (tamaño).
La tercera parte analiza los resultados de cada partido tanto de acuerdo al número de comunas obtenido como de su relevancia en términos de número de votantes. Todos estos resultados se basan en el tercer informe publicado en el sitio oficial de las primarias de la Concertación (www.primariasmunicipales2012.cl).

Para ver documento completo, pinchar aquí.