#Chile. Las palabras de Bachelet

Publicado en La Tercera

Bachelet manifestó públicamente que su primer sentido fue iniciar la reforma educacional legislando sobre la educación pública y no sobre la educación particular pagada. Sus palabras no fueron bienvenidas en su coalición, pues pusieron en duda la forma y el fondo del proyecto más emblemático de su gobierno. La molestia es comprensible, ya que sus palabras agregan incertidumbre al proceso de tramitación que está en curso y abren un flanco vulnerable para el futuro de su coalición. Las palabras de Bachelet le dan peso a las criticas de quienes hoy se oponen al proyecto, y le dan fundamentos a las criticas de quienes en el futuro se opondrán a la ley — si finalmente se aprueba.

Las palabras de Bachelet son un eco del pasado. En su primero gobierno, manifestó públicamente que su intuición fue no implementar el Transantiago. Sus palabras le dieron pie a la oposición para puntualizar las criticas en su liderazgo y gestión. La gente recibió el mensaje. Las críticas de la oposición aportaron a la caída de la aprobación presidencial, y jugaron un rol en la derrota electoral de 2009. Si bien ambos hechos también fueron producto de varios otros factores (movilizaciones estudiantiles y mal candidato presidencial, entre otros), es evidente que las críticas de la oposición lograron desestabilizar al gobierno en su momento y aportaron a construir una mala imagen de la gestión de la Concertación.

Si mañana es como ayer, la oposición no perderá la oportunidad de criticar a Bachelet por su liderazgo y gestión. Mientras dure la tramitación del proyecto, será más fácil argumentar que se debió haber comenzando por la educación pública. Esto pondrá en duda el liderazgo de la Presidenta ante la opinión pública, y como consecuencia la debilitará para poner en marcha otros proyectos. Sin embargo, lo más duro vendrá después de la aprobación de la reforma, cualquiera sea el producto final. Hecha la ley, hecha la trampa. La oposición tendrá credenciales para criticar cualquier falla, por pequeña que sea. Por lo bajo, les servirá como insumo para poner en duda la gestión del gobierno de cara a la elección de 2017.

Con este sombrío pronóstico, es crucial enfocarse en las causas de por qué Bachelet enfrenta esta situación.

En parte, es producto de la tensión que existe en cualquier sistema presidencial en el cual el presidente debe simultáneamente ocupar el cargo de Jefe de Estado y Jefe de Gobierno. Los presidentes exitosos logran balancearse entre ambos cargos, según ameritan las circunstancias coyunturales. En el caso de Bachelet, ese balance no existe. La Presidenta constantemente privilegia el rol de Jefe de Estado por sobre el rol de Jefe de Gobierno. Lo hizo en su primer gobierno, y lo está haciendo en este gobierno. Le cedió el control político a los presidentes de los partidos cuando aceptó su nominación. Esto explica por qué Bachelet no pudo imponer su primer sentido desde un inicio.

Por otra parte, es consecuencia de la particular forma en que llegó a la presidencia. Pues, llegó a representar a una coalición excesivamente enfocada en ganar elecciones. La Nueva Mayoría se asimila más a una coalición electoral que a una coalición de gobierno. Mientras que la incorporación del PC en la coalición ayudó a ganar la elección, no ha aportado a gobernar. Parte del problema es la misma Presidenta, quien ha huido ante cualquier conflicto político. Desde que tomó la decisión de alejarse de la política partidaria, cedió la facultad de imponer disciplina entre los partidos que la apoyan. Esto explica por qué Bachelet tampoco podrá imponer su primer sentido en el futuro.

A esta altura queda poco que hacer. Bachelet ya manifestó que no está convencida con la reforma educacional, y no se le va olvidar a nadie — menos a la oposición. Como consecuencia, la Presidenta arriesga caer aun más en su aprobación presidencial y poner en riesgo futuras elecciones. Para no profundizar el problema en lo que queda de gobierno, Bachelet deberá balancear de mejor manera su doble rol como Presidenta y comenzar a imponer disciplina dentro de su coalición. Si se abstrae demasiado de la coyuntura y permite que los partidos tomen las decisiones por ella, no cabe duda que el gobierno y su coalición tomarán un rumbo hacia lo peor.

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