#Colombia. La importancia de los votos en blanco

En Colombia los votos en blanco son votos válidos. Se cuentan tal como se cuentan los votos por cualquier otro candidato. Los ciudadanos que votan en blanco marcan en el tarjetón una casilla dispuesta para registrar esta preferencia  — a diferencia de otros países en donde se suele dejar el tarjetón sin marcar.

La Ley contempla el voto en blanco como una expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad. Una decisión que “constituye una valiosa expresión del disenso a través del cual se promueve la protección de la libertad del elector”. Hay que destacar que el voto en blanco genera efectos políticos, tanto para la elección de cargos unipersonales como de corporaciones públicas de elección popular. Además de incidir en el umbral requerido para mantener la personería jurídica, en caso de que el voto en blanco alcance la mitad más uno de los votos (mayoría absoluta) se debe repetir la elección. Si la elección es unipersonal, como la presidencial, no se pueden presentar los mismos candidatos; si es para un cuerpo colegiado no se pueden presentar las mismas listas.

Recientes encuestas de Cifras y Conceptos, Gallup, Ipsos, y el Centro Nacional de Consultoría registran la intención de votar en blanco en 26%, 19%, 27%, y 8%, respectivamente. La pregunta del millón es si esta tendencia se traducirá en una proporción igual o cercana a la votación real en blanco el próximo 25 de mayo.

La respuesta instintiva es no. Desde 1990 el voto en blanco depositado en las urnas para elecciones presidenciales no ha superado el 2% de los votos válidos. Su registro más bajo fue en 1994, cuando alcanzó el 1,1%; y el más alto lo fue en 2006, cuando alcanzó el 1,9%. Desde el punto de vista histórico esperar que llegue al 8% es osado, y que pase el 20% es delirante.

Pero, ¿puede ser diferente esta vez?

Existen razones válidas para pensar que en 2014 el voto en blanco puede superar su máximo histórico — y con creces.

Primero, la intención de votar en blanco registrada en las encuestas es consistentemente alta — bastante más alta que para elecciones pasadas. Por ejemplo, mientras que 14 encuestas arrojaban un promedio de intención por voto en blanco del 2,2% a dos meses de los comicios de 2010; la media de seis encuestas hechas después de las elecciones legislativas del pasado marzo muestra que esa  preferencia ahora representa el 15,6%. Es decir, ahora es siete veces mayor que hace cuatro años.

Segundo, las elecciones legislativas de 2014 registraron el voto en blanco más alto de su historia reciente, con un 6,4% para el Senado. En 2010 el voto en blanco para esta corporación fue de 3,5%, y en 2006 de 3,2%. Si al porcentaje relativamente alto de 2014 se le suman los más de 800.000 votos anulados, que según el registrador fueron votos blancos anulados, la proporción de votos en blanco habría superado el 10%. La tendencia alcista del voto en blanco en las elecciones parlamentarias puede tomarse como una señal clara de lo que podría acaecer en los comicios presidenciales.

Tercero, en las elecciones legislativas de 2014 los colombianos votaron en blanco como muestra de inconformismo no solo con los candidatos a elegir para el parlamento andino, sino con la prolongación de la representación política en esa institución (para muchos costosa e inútil); y lo hicieron masivamente. Más de 3,6 millones de ciudadanos votaron en blanco, logrando la mayoría absoluta (53%) y forzando no solo la eventual repetición de la elección, sino el replanteamiento por parte de los partidos políticos de no presentar candidatos. Este acontecimiento político provocado por el voto en blanco sentó un precedente importante.

Cuarto, una reforma política de 2011 dio origen a una figura que permite la inscripción de grupos promotores del voto en blanco ante la registraduria y por tanto al derecho a reposición de gastos de campaña. Más de cincuenta grupos han aprovechado esta oportunidad. Además de estos se han formado comités independientes, algunos con un moderado reconocimiento nacional, como es el caso de Manos Limpias, que hacen proselitismo a favor del voto en blanco, generando discusiones públicas del tema y dando notable visibilidad mediática a esa preferencia.

Por último, a diferencia de elecciones presidenciales anteriores, las presentes se han caracterizado por la apatía, la falta de crispación y polarización de la opinión pública. El anti-santismo no es radical, tampoco existe un entusiasmo desbordado como el que despertó la reelección de Uribe en 2006, ni el anti-uribismo que capturó la llamada “Ola Verde” de 2010 (un acelerado respaldo y movilización por el Partido Verde que llevó a su candidato a segunda vuelta). En el clima electoral actual no se vislumbra un sentimiento similar.

También en contraste con elecciones pasadas los candidatos que lideran las encuestas tienen niveles de imagen más desfavorables que favorables: 36%/63% (Santos), 40%/41% (Peñalosa) y 23%/35% (Zuluaga). Las mismas relaciones para los tres candidatos presidenciales que lideraban las encuestas en 2010 eran 61%/21% (Mockus), 60%/25% (Santos) y 41%/46% (Vargas Lleras). Además, una parte importante de los electores, un 25%, en promedio no  conoce a los candidatos en campaña hoy, frente a un 16% que declaraba lo mismo en la campaña de 2010.

En suma, si bien es incontrovertible que el voto en blanco en Colombia ha sido históricamente muy bajo, hay tanto motivos como evidencia para augurar un cambio significativo en esta tendencia en las elecciones de mayo.

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